Periódico "El Raval"

Cada mes sale a la calle el periódico "El Raval" con información de lo que puede interesar a quienes viven y trabajan en el barrio del Raval.
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domingo, 10 de abril de 2016

"Refugiados. La vergúenza de Europa

Hemos querido reservar un pequeño espacio en esta columna para dedicarlo al tema de los refugiados porque, como a la mayoría de la población, nos parece una barbaridad y una vergüenza lo que se está haciendo con ellos. Podemos entender que haya sectores de la población que temen la llegada de un colectivo importante de personas de religión musulmana. Lo podríamos discutir, pero lo podemos entender. También podemos entender que, para algunas personas, con los niveles de paro que hay, la llegada masiva de refugiados puede experimentarse como una amenaza para las aspiraciones laborales. Es más que discutible, pero también lo podemos entender. Podemos entender que haya gente que recele de gente de otra cultura cuando llega en número tan grande. Nos parece un temor absurdo que también podríamos discutir... aunque podemos entenderlo también.

Pero la humanidad, transitando por situaciones terribles de guerra, injusticia y sufrimientos, llegó hace décadas a un compromiso firmado en el que se sintetizan todas esas experiencias en forma de acuerdos (y recalcamos que firmados) que pretenden acabar con las más flagrantes causas de la injusticia y el sufrimiento humano. Los derechos humanos no son discutibles. El derecho de quienes huyen de una guerra a ser refugiados, y por tanto protegidos y atendidos, no es discutible.

Negar el asilo a los refugiados de una guerra es una de las vilezas más inhumanas. Pero negociar con eso pagando a otro país para que se «haga cargo de ellos» es una vergüenza que nos negamos a asumir como propia. Si la «denegación de ayuda» es un delito, imaginen lo que es esta denegación de ayuda, a gran escala, de forma indiscriminada, con niños incluídos. No. Los que han acordado deportar a quienes buscan refugio no nos representan. No en nuestro nombre. No. Jamás podremos aceptar algo así. Esa no es la Europa a la que quisimos entrar. No. No. ¡¡¡NO!!!

Cumplimos 22 años

En abril de 1994 nadie pensaba que aquella modesta publicación barrial podría llegar tan lejos. Un grupo de voluntarios y un puñado de comerciantes comprometidos con el barrio hicieron posible el nacimiento de este periódico. Más de dos décadas después, «El Raval» es conocido por la inmensa mayoría de los vecinos, muchos de los cuales hasta se enfadan si tardamos un solo día más en llegar a los puntos habituales de distribución (que son más de 400 por todo el barrio). Así que para evitarlo, cumplimos con puntualidad británica nuestra cita en la primera semana de cada mes.

«El Raval» se ha convertido en el periódico de todos. Vecinos, comerciantes, instituciones y entidades encuentran en él un modesto pero eficaz medio de comunicación barrial. En estas páginas tienen sitio las pequeñas iniciativas vecinales y los grandes proyectos institucionales; las pequeñas muestras y las grandes exposiciones; las denuncias y las noticas más celebradas. La vida del Raval se refleja en sus páginas con tantos matices como la modestia de un periódico barrial permite.

Desde hace años, al llegar estas fechas, dedicamos nuestra columna «Editorial» al agradecimiento.

Primero a todos lo colaboradores y columnistas que mes a mes dedican una parte de su tiempo a escribir consejos médicos y psicológicos, a contarnos la historia de un barrio tan antíguo, a compartir eufóricamente su devoción por el Barça, a explicarnos las propuestas de sus partidos políticos, o ha enriquecer nuestras opiniones con las suyas desde la esquina o desde el instituto. 

Después, pero no menos importante, a todos lo anunciantes que deciden colaborar en la financiación del periódico, esa cuestión tan complicada que amenaza incluso la supervivencia de grandes medios de comunicación en papel.

Por supuesto a nuestros lectores. Porque ellos dan sentido a todo cuando recogen su ejemplar mensual, cuando nos hacen llegar aportaciones, denuncias, propuestas...

Y finalmente al barrio del Raval en su conjunto. Un barrio tan dinámico, tan vital, tan pujante, que genera contenidos mes tras mes para completar las 24 páginas (empezamos con 12) que a día de hoy tiene «El Raval». 

¡Muchas gracias! Este es un mes de celebración para todos. ¡Enhorabuena por vuestro periódico!

"El Raval" abril 2016. Número 264

martes, 8 de marzo de 2016

Confianza y contrato social. Mª José Hernando. Columna de psicología en el periódico "El Raval". Marzo 2016

Los seres humanos somos seres sociales. Nos conformamos psicológicamente en el seno de una sociedad que nos transmite de diferentes maneras y de forma contínua sus valores, habilidades y conocimientos. No solo la familia y la escuela, la sociedad entera nos moldea. Por eso, si observamos sociedades muy distintas, podemos apreciar diferencias no solo en las costumbres sino en los valores, las creencias, las formas de relación etc. En el seno de esa relación individuo-sociedad también se forma nuestra imagen propia, la imagen que tenemos de nosotros mismos al hacer constantes comparaciones entre lo que parece exigirse de cada uno/a y lo que podemos ofrecer. Y como es lógico, se forma la idea que tenemos de los demás, de cada uno de los demás y de los conjuntos humanos, sean estos empresas, partidos, corales o grupos deportivos, por poner ejemplos simples. Pero asistimos en estos tiempos a un problema grave en el funcionamiento social: la quiebra de la confianza. El lamentable espectáculo de la corrupción, al que asistimos entre atónitos e indignados, no es solo una cuestión de legalidad, enriquecimiento y malas prácticas. Es también un atentado a algo fundamental en el funcionamiento correcto de la sociedad y a nuestro propio funcionamiento como personas. Las sociedades lo son porque se establece entre los indivíduos una especie de «contrato social» en el que se marcan unas normas de funcionamiento individual y colectivo que se suponen que están basadas en valores compartidos y en objetivos comunes. Pero cuando ese contrato social se rompe y lo que no debe ser se repite constantemente, se empieza a resquebrajar la relación entre el individuo y el conjunto social y se resquebraja también la «confianza en el otro». Cuando alguien nos coloca agua mal depurada en nuestros grifos, cuando alguien se embolsa el dinero que debería ir a servicios sociales, cuando alguien hace tratos particulares de espaldas o incluso contrarios al interés social... cuando eso se repite un día y otro, nos agranda un temor que necesitamos vencer para vivir en sociedad, nos transmite una «sospecha»: la sospecha de que «el otro» no es fiable. No solo el corrupto, que eso se da por supuesto. Ni siquiera el colectivo con el que identificamos al corrupto, sea un partido, una entidad o una institución. El problema más grave es que nos debiliita la confianza que necesitamos en «el otro», en cualquier «otro», en todos los «otros» de los que nos rodeamos en nuestra vida de seres sociales. La pérdida de confianza en el «otro» es de extrema gravedad porque se convierte en un torpedo en la línea de flotación de nuestras relaciones. Afecta a todo y, por supuesto, nos limita, nos dificulta, nos lastra, nos pone mucho más difícil la comunicación y por ello nos aisla. Y el aislamiento es, para un ser social, una enorme amenaza.

El caso Benítez se acerca al desenlace. Editorial del periódico "El Raval". Marzo 2016

Cuando un caso por muerte violenta se presenta ante la justicia, lo normal es que haya una víctima y un acusado o acusados, un fiscal en la acusación, un abogado de la acusación particular, y un abogado en la defensa. Eso es lo normal. Pero no siempre es así. En el caso de Juan Andrés Benítez hay una víctima mortal, un hombre perdió la vida. Pero al otro lado no se sienta un acusado normal, se sienta un grupo de representantes de los servicios de orden de la comunidad, y no solo de la comunidad autónoma, de los servicios de orden que la comunidad de ciudadanos tiene para protegerse, entre otras cosas, de ser víctimas de un acto violento. Y cuando eso sucede, cuando el acusado es un grupo de defensores del orden, algo hay de especial. Todo esto viene a cuento porque en el juicio de Juan Andrés Benítez esa situación especial se traduce en que, además de la acusación particular de la familia y del fiscal, hay una acusación popular representada por la Associació Catalana de Drets Humans. La lógica de tal situación es que en el caso de Juan Andrés Benítez, además de la víctima mortal irreparable, hay una agresión a la ciudadanía por el abuso, que este grupo de mossos ha practicado, del uso de la fuerza. Una facultad concedida por la soberanía popular para un uso necesario y proporcionado. En el juicio se trataría de juzgar precisamente eso: si el uso de la fuerza empleada por los mossos fue desproporcionada y como resultado se produjo la muerte del señor Benítez, o si por el contarrio concurrieron otras circunstancias con el mismo final.Y hasta ahora había ido por ese camino todo el proceso: las acusaciones tratando de demostrar que la fuerza empleada fue desproporcionada y produjo la muerte de la víctima y la defensa de los acusados tratando de demostrar lo contrario. Y decimos hasta ahora porque la última noticia publicada sobre el caso apunta a la posibilidad de aplicar una reforma de la ley de enjuiciamiento criminal aprobada en el mes de diciembre, sí de dicembre pasado, que establece que una acusación popular solo puede personarse si así lo acepta la acusación particular ejercida por los perjudicados. Según lo publicado, la familia estaría de acuerdo en aceptar un trato con la defensa para que los mossos aceptaran su responsabilidad en la muerte de J. A. Benítez a cambio de que la pena no implicara ingreso en prisión. Parece ser que la familia confía en que a continuación se revisen los protocolos de actuación de los Mossos d’Esquadra. Todo esto plantea una cuestión evidente. Resulta inevitable a la ciudadanía imaginar la presión soportada por la familia tras tantos meses de estresante proceso teniendo en el banco contario nada menos que a un grupo de miembros de los mossos. Y resulta fácil imaginar que por esa presión, o por otros motivos incluso, son más proclives a ceder a las propuestas de tan impresionante parte contraria. Pero... Por muy doloroso que sea para la familia lo sucedido, queda pendiente la cuestión de la afrenta a la ciudadanía, relevante en el caso por ser quienes son los acusados. La presencia de una asociación de defensa de los derechos humanos parece en este caso más que justificada. De hecho no imaginamos en qué otro delito estaría más justificada la presencia de una acusación popular que en un delito presuntamente cometido por un grupo policial con uniforme reglamentario en el desarrollo de una misión policial. Considerar «perjudicados» solamente a los miembres de la familia directa de la víctima es mucho considerar. En un caso así, si se demuestra la culpabilidad que según las informaciones ellos mismos están dispuestos a aceptar, toda la sociedad es «perjudicada», seria y gravemente perjudicada. Si además se está dispuesto a aceptar que es necesario cambiar los protocolos de actuación de los Mossos (y eso solo puede ser porque se reconoce que están mal hechos) entonces también hay resposabilidad en quien haya hecho esos protocolos, en los resposables de ese departamento del cuerpo y en sus mandos. Y que sepamos, aquí nadie ha asumido ni piensa asumir las responsabilidades correspondientes por eso. Quizá cuando lea usted esta columna ya se sepa el final de esta historia. Y seguro tendrá su propia opinión al respecto. Todos la tendremos.