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viernes, 10 de enero de 2014

SOLIDARIDAD DIGNA
Desde que empezó la crisis económica se han multiplicado las iniciativas solidarias. Personas y entidades diversas se han decidido a aportar su grano de arena en la ayuda a quienes más sufren las consecuencias de la crisis. Hasta tal punto se ha incrementado esta oferta que se puede hablar de un verdadero «mercado de la pobreza» en el que entidades de diferente tamaño se disputan las migajas de las subvenciones y compiten por los donativos particulares generando imaginativas y muchas veces ridículas iniciativas. Pintxos solidarios, peinados solidarios, y cualquier otra cosa asociada al término solidario sirve para recaudar fondos. Al final de todo ello suele haber un grupo de voluntarios repartiendo alimentos a personas que deben hacer colas en la calle, lotes de productos que nadie diseña a medida de las necesidades de quienes los recogen sino en base a las disponibilidades de quienes los reparten, y locales mal dotados en los que se come pero no se puede descansar, ni ducharse, ni cubrir ninguna de las necesidades asociadas a la pobreza de quienes se ven «atendidos». Es el reino del voluntarismo en el que el principio de que «a quien hace lo que puede no se le puede pedir más» rige las normas de funcionamiento.

Pero vivimos en una sociedad civilizada, al menos organizada, en la que estas situaciones no se deberían producir. La dignidad de las personas no reside en el tamaño de sus cuentas corrientes. La pobreza no es una categoría del «ser» sino un «estado», que debería ser transitorio. Las personas no «son pobres» sino que «están pobres» y cuanto antes dejen de estarlo mejor. Por eso es inadmisible la caridad humillante de quienes reparten comidas sin preocuparse de hacerlo de una forma digna para quienes la reciben y, de la misma forma que se denuncia la privatización de la sanidad, se debe criticar la «privatización de la solidaridad». En tiempos de crisis, la solidaridad debería ser la principal prioridad en la distribución de presupuestos públicos y ya se atenderán obras y otros proyectos cuando las necesidades básicas de la población estén cubiertas.

Dicho todo esto queremos saludar la iniciativa municipal de poner en marcha una «tarjeta solidaria» con criterios mucho más plausibles que los aplicados hasta ahora por las iniciativas privadas. La nueva tarjeta será puesta a disposición de los beneficiarios a través de los sevicios sociales. Serán éstos quienes fijen la cuantía mensual y con esa tarjeta se podrá comprar en cualquier comercio de alimentación siendo cargado el importe a las arcas públicas. De esta forma, las personas que atraviesan por dificultades podrán acceder a productos básicos sin el humillante trámite de las colas, ni el bienintencionado pero insuficiente sistema de los lotes. Por fin, los sevicios sociales encuentran una manera digna de dar una respuesta solidaria a quienes padecen el rigor del estado de pobreza. Esperamos que la iniciativa cuaje y se consolide y que, poco a poco, todos esos humillantes procedimientos solidarios desaparezcan. Amén.

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