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viernes, 9 de diciembre de 2011

LA CRISIS PODRA "VERSE"

A mediados del siglo XX Argentina era la quinta potencia económica mundial. Tras una serie de procesos económicos y políticos descendió casi cien puestos en esa clasificación.
Cuando consiguió desembarazarse de la dictadura militar, ya en los años 80, los efectos de ese descenso eran visibles. Seguía habiendo una clase media bastante más numerosa que la de la mayoría de los países sudamericanos, pero junto a las grandes ciudades, especialmente Buenos Aires, habían crecido enormes barrios de chavolas (las llamadas «villas miseria») en los que se hacinaban millones de familias que sobrevivían en condiciones muy precarias. La red de ferrocarriles seguía comunicando las ciudades del país pero las vías estaban herrumbrosas, los vagones eran obsoletos y el mantenimiento apenas existía. Carreteras bacheadas, fachadas desconchadas, sueldos miserables para los maestros, pensiones ofensivamente minúsculas para los jubilados, atención médica pública deficiente para quienes no podían pagarse una mútua privada...
Si la mirada llegaba a los antíguos puntos de destino vacacional de los alegres años de la opulencia, podían verse hoteles ruinosos, mansiones abandonadas en primera línea de playa y paseos, otrora glamourosos, tomados por las malas hierbas que se abrían paso entre suelos desconchados que nadie se ocupaba de arreglar.
Desde otro punto de vista, la sociedad se había fragmentado de forma que una clase social impúdicamente rica se alejaba del centro de las capitales para instalarse en barrios exclusivos cuya opulencia rayaba lo obsceno, una clase marginal ocupaba las villas miseria de una periferia abandonada a su suerte, y el centro de las ciudades era patrimonio de una clase media afectada por el agobio crónico y la atención obsesiva por los temas económicos.
España no es Argentina y Europa no es Sudamérica. Dejemos eso claro. Pero también dejemos claro que en esta crisis no se trata solo de si el ladrillo y los mercados. Una visión global desde la mirada del capitalismo hace que debamos tener en cuenta varias cuestiones.
En un mercado global las fronteras nacionales han perdido fuerza. Los capitales se mueven hoy libres por todo el mundo. El oriente aglutina casi 4.000 millones de personas que están dispuestas a trabajar por sueldos mucho menores que los de los europeos y que, y esto es la gran novedad mundial, componen un mercado potencial de consumidores que casi triplica al europeo. Decenas de miles de empresas occidentales han visto este fenómeno y llevan años compitiendo por su posicionamiento en aquella zona del planeta.
Hoy en día, ni en competitividad ni en capacidad de consumo Europa es lo que era a finales del siglo pasado. Y la tendencia apunta en la dirección de acentuar tanto la fuerza emergente de los países de oriente como la del descenso de los países europeos. Esto, que es percibido por los mercados de capital, se está expresando claramente en los sufrimientos de la moneda europea.
No decimos que España vaya a transitar por el mismo camino que recorrió Argentina en el siglo pasado. Pero observar aquel proceso puede ayudar a hacernos una idea de lo que parece que nos espera. Los recortes en sanidad y educación recuerdan demasiado al proceso Argentino como para no hacer analogías. Tampoco podemos extrañarnos si las medidas afectan a la obra pública y empezamos a notar carretras más bacheadas, peor pintadas y con menos mantenimiento. Ya observamos un parque automovilístico más modesto y con una antigüedad mayor. Pero lo peor de todo es que ya tenemos cinco millones de parados y nadie dice que esa cifra no vaya a subir. Ellos y los deshauciados son los primeros candidatos a ocupar las hipotéticas «villas miseria españolas», sobre todo los que forman familias sin nigún ingreso de ninguno de sus miembros.
Probablemente en los próximos tiempos asistiremos a un pulso que recordará bastante a las luchas de clases que creíamos superadas: las burguesías europeas tratando de salir bien paradas de la crisis a costa de hacer recaer sobre las clases medias el peso de los sacrificios, y como resultado de esa pelea, la aparición de una clase marginal, condenada a vivir en condiciones de miseria o a buscar en la emigración un mal menor. Los datos que expresan las diferencias entre las rentas más altas y las más bajas ya dejan ver claramente este proceso.

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