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lunes, 17 de marzo de 2014

¿Qué quieres saber? Editorial del periódico "El Raval" de marzo 2014

Cuando el país salió de la dictadura no solo cambió de forma de gobierno. Muchas otras cosas cambiaron durante la transición. Se dejó atras la censura, se consiguió libertad de asociación, libertad de expresión, libertad de prensa... En un plazo muy corto de tiempo España vivió una especie de ebullición respecto a años anteriores que se expresó en prácticamente todos los aspectos de la vida social y también de la vida personal de los ciudadanos. En concreto, la libertad de prensa permitió que aparecieran nuevos medios de comunicación (periódicos, revistas, emisoras de radio) que contaban la realidad sin los impedimentos que el régimen anterior ponía. Y la gente, ansiosa de conocer esa realidad, empezó a demandar una prensa libre que contara las cosas tal cual sucedían y no tal como le interesaba al aparato del poder. En aquellos años, el lector de prensa buscaba una prensa independiente, con vocación de objetividad y servicio público, una prensa en la que la noticia tuviera un espacio separado de la opinión, una prensa «fiable».  

Poco a poco, con el paso de los años, las empresas de comunicación fueron evolucionando, creciendo y entrecruzándose en grandes grupos empresariales. Y sus intereses también fueron evolucionando y entrecruzándose con intereses alejados de aquella búsqueda de la objetividad y el servicio público que todos decían tener por bandera. La llegada de las televisiones autonómicas fue un claro ejemplo. Vinculadas a los gobiernos autonómicos se convirtieron rápidamente en instrumentos de propaganda en los que la verdad de las cosas estaba en un escalón inferior al de los intereses políticos.

En las dos últimas décadas hemos presenciado una importante evolución en el terreno de la comunicación. A estas alturas ya estamos acostumbrados a que cada medio sea «de izquierda» o  «de derecha» y a que nos cuente las cosas desde un punto de vista y un interés que nada tiene que ver con la «objetividad», ni siquiera con la «intención de objetividad» que antes se les presuponía. Hoy las mismas cosas son contadas de forma totalmente diferente según el medio del que se trate. Y en algunos casos, la selección de los temas, el enfoque, la colocación y el espacio dedicado nada tienen que ver con aquellos discursos de «interés público». Millonarias campañas de publicidad, subvenciones y presiones de los poderes institucionales y financieros tienen mucho que ver en el asunto.

En el momento actual ya se empieza a reflexionar sobre una consecuencia de este esquema y en poco tiempo escucharemos hablar de un nuevo término acuñado para definir un nuevo concepto: la fragmentación de los consumidores de medios de comunicación (todos los ciudadanos) en función del tipo de prensa que consumen. Hoy en día las versiones son tan diferentes, los enfoques tan interesados, que según el tipo de medios de comunicación que cada cual utilice para informarse, la realidad aparece de un color u otro. Y sucede que, cada día más, se observa que los lectores se acercan a aquellos medios que cuentan una realidad más «placentera» para ellos reforzando el esquema que hoy preside el mundo de la comunicación: cada medio responde a intereses de diferente tipo y va fidelizando a un grupo de población que se siente «cómoda» viendo, leyendo y escuchando esa versión parcial, incompleta y/o interesada de la realidad. Dicho de otro modo: los medios ofrecen una versión de la realidad que responde a intereses político/económicos y los consumidores se van acostumbrando y agrupando en funció de sus afinidades. La objetividad, el rigor, la pluralidad y otros conceptos, antes considerados como aspiraciones irrenunciables de todo medio de comunicación, han quedado postergados en el actual esquema de los medios de comunicación, tanto a nivel estatal como autonómico.

El problema que se ve llegar es la fragmentación y polarización de la sociedad. Si cada grupo se «alimenta» de una información parcial e interesada acabará habiendo grupos sociales que, directamente, no puedan entenderse. Grupos sociales que verán «países distintos», realidades distintas. No es que Rajoy, en el debate del estado de la nación, no vea el país. Lo ve, claro que lo ve. Pero transmite una versión que le conviene. El problema es que varios millones de personas ven el país por ese filtro que les preparan. Y lo ven así porque se sienten cómodos viéndolo así.

Queda en este esquema el recién llegado: internet. Un espacio más libre en el que los ciudadanos pueden ser al mismo tiempo informadores. Pero las garras amenazadoras ya se preparan para controlar también ese espacio. Habrá que estar atentos.   

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